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¿Sabías que?

El nombre que lleva nuestro colegio es un HOMENAJE a una persona ejemplar por su tesón, capacidad de sacrificio y trabajo en pos de una vida mejor para los que la rodeaban y para ella misma.

Esta persona no es otra que… la colona ANA DE CHARPENTIER.

El 4 de Junio de 1769 una remesa de colonos procedentes de la ciudad francesa de Séte desembarcaron en la tartana Santa Juana en el puerto de Almería. Una familia destacaba del resto, se trataba de un matrimonio y sus siete hijos. Vivían en la aldea de San Maurice, cerca de los montañosos Vosgos del Principado de Salme, cuando decidieron emigrar a España atraidos por el proyecto colonizador del Rey Carlos III. La promesa de que tendrían su propia tierra para cultivarla motivó que emprendieran un viaje de más de dos mil kilómetros, una gran parte del camino la hicieron a pie. Al ser inscritos, el padre dijo llamarse Francisco Laleman, tres de sus hijos, ya adolescentes, eran fruto del primer matrimonio de su mujer, y los otros, de dos a ocho años llevaban su apellido. La madre era la única mujer del grupo y estaba embarazada, su bebé nacería para octubre. La inscribieron con el número 5.653. Se llamaba Ana Charpentier.

A mediados de junio llegaron a La Carlota en compañía de familias alemanas y suizas. El pueblo ya disponía de numerosas casas y edificios públicos, pero les dijeron que allí no había sitio para nadie más. Así pues, esperaron a que les asignaran un destino. Por las noches dormían en barrancones y por el día ayudaban a otras familias, que habían llegado antes que ellos, a establecerse en sus tierras. Tanto retraso los desconcertó. ¿Acaso nos hemos equivocado? se preguntaban. Una mañana les avisaron que partirían hacia la suerte, tierra 235: medía 28 fanegas y estaba delimitada en el departamento de la “Petite Carlota”.

Las tierras de la 235 eran espesos y enredados matorrales, y algo montuosas, se necesitarían meses para desmontarlas. Descubrieron que no tenían casa, aunque dispusieron de los elementos para construirla, y en ello se emplearon durante los días siguientes, cobijándose entretanto en el interior de una choza de paja. Nada resultó más duro que el calor, que se extendía como un sudario por el valle, tan diferente al suave clima de su país… Pronto la casa estuvo levantada y doblando el esfuerzo las tierras presentaron un aspecto inmejorable. Laleman calculó que de las extensas manchas rojizas recogería una abundante cosecha el año siguiente.

Todo transcurría como un sueño idílico hasta que algo inesperado alteró los planes de la familia. Debido al sofocante calor, al estancamiento de las aguas a lo largo del curso del Guadalmazán y de la falta de higiene brotó una epidemia de fiebres tercianas que se extendión por La Carlota y sus cinco primeras aldeas. Ana temió por su bebé, pero si ella no enfermaba nada debía afectarle. Se inquietó por los más pequeños: Sebastián, de dos años; Pedro, de cuatro; Juan Bautista, de seis; y Francisco, que sumaba ocho. Corrían noticias de ancianos enfermizos y de niños y niñas nacidos el año anterior que habían fallecido. A pesar del cuidado para no contagiarse, a mediados de agosto el padre enfermó, las altas calenturas se repetían cada tres días, y el diecisiete falleció. En septiembre, las fiebres acabaron  con las vidas de Francisco y Juan Bautista. Ana Charpentier afrontó la adversidad con fortaleza de madre, de la que se ayudó para tener a su bebé el doce de octubre. Nació una niña, a quien bautizó con el nombre de Ana. Y aunque muchos colonos abandonaban sus tierras por temor a contraer la enfermedad, ni siquiera el nacimiento de su nuevo retoño motivó que ella cambiara de parecer, convencida de que todo era fruto de un mal momento y que en la huida se desvanecerían las ilusiones de echar raices en aquel lugar.

La pequeña Ana murió una semana después y, en diciembre, alejada la epidemia de las colonias, su hijo Pedro no resistió las temibles secuelas. Ana se quedó a solas con Sebastián, puesto que los mayores se marcharon a otros lugares. La fatalidad quiso que aquellas tierras, que se anunciaron por Centroeuropa como “El Puerto de la Felicidad”, fuesen lo contrario para muchos como los Laleman/Charpentier, los Villón/Bles del Garabato o los Hinfont de Fuencubierta.

El sueño de Ana Charpentier tendría que esperar.

(La historia que acabas de leer la ha escrito Juan Carlos Ruiz, un vecino de Fuencubierta que, por afición, investiga los temas históricos elacionados con La carlota y sus Departamentos, y cuya amable colaboración con “EL BOMBAZO” agradecemos mucho todos los componentes de la Comunidad Educativa de nuestro Centro).